martes, 24 de septiembre de 2013

Críticas de cine y comentarios de películas: En el globo plateado




Buenas tardes. Hoy os presento En el globo plateado (Na srebrnym globie, Andrzej Zulawski, 1987).

Puntuación: (9/10)

Este director polaco ha sido un gran hallazgo para mí (altamente recomendables son Diablo y Lo importante es amar). Esta obra en concreto es una disparatada demostración de ingenio en la que la cámara se mueve como si la utilizase un aficionado de forma casera pero en un escenario de ciencia ficción, alejado de la Tierra y propulsando así un distanciamiento que nos hace redescubrir y renacer en nuestro planeta. Los personajes se sitúan al borde de la desesperación y de una desgarradora locura, gritan metáforas y sentencias filosóficas y espirituales que nunca antes había oído y que destacan por su inmensa belleza. Además, mezcla símbolos religiosos de todos los tiempos, para unos seres dolientes que se relacionan constantemente con la muerte, arriesgando su carnalidad como modo de descubrir el mundo.

Críticas de cine y comentarios a películas: Ghost World



¡Buenos días cinéfilos! El contenido que hoy te ofrezco es un comentario a la película Ghost World (Terry Zwigoff, 2001). ¡Espero que la disfrutes!

Puntuación: (9 sobre 10)
                                           El mundo fantasma de Seymour

Me ha sorprendido comprobar que entre las críticas que he leído nadie ha hecho la misma interpretación que yo. He visto en Seymour a un hombre esquizofrénico que se imagina todo lo que sucede en la película. La clave para llegar a pensar esto me la ha dado la escena casi final en la que Seymour se encuentra en la consulta de una psicóloga (o psiquiatra, pues no se especifica) y hablan de la recuperación de Seymour, gracias a que ha dejado de imaginarse ese mundo en el que mantenía una relación con Enid (no se dice explícitamente en esa escena, pero se encuentra entre líneas por lo dicho por la psicóloga). Esta escena se sucede de la que muestra cómo Enid se marcha, lo cual me ha parecido que no es más que la elección de Seymour de abandonar este mundo fantasmal, completamente imaginado por él y así optar por su recuperación y volver a la "normalidad". Es decir, Seymour tenía un trastorno, como así lo llama la psicóloga y él mismo ha acabado con él, según apunta la especialista. Por ello, este acabar con él es su elección de haber hecho que Enid se marche, es decir, acabar con la imaginada Enid y volver a vivir en el mundo real y no en el creado en su mente. También me ha llevado a pensar esto el que aparezca su madre. En teoría él vivía solo y no mantenía ninguna relación con su madre. Sin embargo, en esa escena aparece la madre como si tuviera una muy estrecha relación con su hijo, como si él fuese un personaje completamente vulnerable al que cuida. Lo cual, por tanto, redunda en la idea de que Seymour no llevaba esa vida independiente que se refleja en toda la película. Esa vida independiente es una vida imaginada, es un trastorno mental.

Por otro lado, ¿cómo se explica si no, que hasta la mujer que trabaja en el quiosco es guapísima? Me refiero a la escena en la que Enid quiere buscarle pareja a Seymour y le dice: “¿Te gusta ésta?”. Y aparece una chica morena muy guapa sentada y después una de grandes pechos también muy bella. Por detrás, aparece una mujer vendiendo en un quiosco igualmente hermosa. Por tanto, ¿cómo es posible que las tres mujeres que aparezcan en escena sean bellísimas? , ¿no es acaso con la intención de reflejar que esas tres mujeres están ahí porque Seymour quiere que estén, porque en su imaginación crea el mundo que quiere ver, aquel mundo que le conviene? Además, ¿qué interés puede tener Enid en buscarle pareja? Es él el que quiere encontrar pareja, y se crea esos juegos en su mente. En la misma línea, ¿os habéis fijado en la escena que aparece después de los créditos y una vez finalizada la película?, ¿no es ésa otra imaginación de Seymour?

Además, casualmente, Enid y Seymour viven en el mismo barrio. Esto redunda en la idea de que él se imagina algo que está dentro de su barrio, porque probablemente no vaya nunca fuera de él, ya que vemos que es un ser vulnerable cuidado por su madre como si fuese un niño.

Por añadidura, aparece el elemento fantástico del autobús que sale de una parada de la que no salen autobuses. Elemento imaginado que le conviene a Seymour para acabar con su fantasía cuando él quiera. El hombre que está siempre en la parada representa la posibilidad que tiene Seymour de acabar con su fantasía cuando él quiera, es decir, de que venga el autobús cuando él decida que quiera venir. Y cuando llega el autobús para aquel hombre, significa que Seymour está consiguiendo recuperarse de su trastorno. Es decir, está viendo la posibilidad de acabar con su episodio esquizofrénico.

Asimismo, justamente la pintura de Seymour es la que consigue impresionar satisfactoriamente a la profesora de arte. Porque esto es lo que desea Seymour y en su mente él crea lo que quiere.

Toda la película es una imaginación de la mente de Seymour. Es un mundo fantasma, que no existe. Y tengo que decir que me ha encantado esta película por muchos motivos. Veo complejidad y diversidad de significados.

¿Sobreinterpretación? Ciertamente en el cómic no existe esta idea, pero para mí la película no tiene demasiado sentido si no presenta esta interpretación. Ojala me dijeseis qué pensáis de lo que os estoy comentando.

Cine erótico: Lunas de hiel




¡Buenas tardes cinéfilos! Hoy lo dedicamos al cine erótico con la cinta Lunas de hiel (Bitter Moon, 1992) de Roman Polanski, inspirada en el libro del mismo nombre del autor francés Pascal Bruckner.

"Todos albergamos cierto sadismo." (Oscar)

“Omphale, el convento te despide, vendré a buscarte por la noche.” (Marqués de Sade)

En la más pura e inocente relación de amor, asoma la cabeza el Marqués de Sade, pues la bellísima y enigmática protagonista (la actriz Emmanuelle Seigner), “la hechicera de zapatillas blancas”, que se casó a sus 22 años con el propio Polanski (su última esposa había sido asesinada); es despertada de su letargo de inocencia y bondad para conocer los entresijos de la miseria humana en esta grotesca oda a la perversión.

Él (un brillante Peter Coyote encarna el personaje de Oscar), atractivo y elegante, es un adinerado vividor y escritor americano, que viaja a París alimentado por la religión de la superstición: Si sobre las cabezas de Fitzgerald, Hemingway, Miller… rociaron monedas de oro en esta ciudad, yo también conseguiré ser un escritor de éxito con mis ojos rodeados de fachadas parisinas. Ella, por su parte, es una lolita parisina llamada Mimi, inexperta y salvaje, un poco Circe, un poco femme fatale y muy sirena.

De la vida sana y natural, de la pasión excitante y erótica que nace entre ellos, poco a poco y sin advertirlo, van adoptando una actitud de enclaustramiento, viviendo cada vez más hacia dentro, víctimas de una adicción sexual enfermiza y desgastada que los sume en una metamorfosis kafkiana, convertidos en insectos depravados que la sociedad repudia y no cura.

En tal situación, Oscar, aburrido ya de Mimi nos cuenta: “Llegué a temer la hora de acostarme, sentía entonces un deseo irresistible de dormir, sentía lástima por ella, allí estaba con su vientre hambriento, sus órganos alborotados”. Por tanto, decide acabar la relación, pero ella insiste en poseerlo sean cuales sean las condiciones y por debajo de todos los valores sociales. La dignidad, el orgullo y la vitalidad se arrinconan, porque cuando el ser más declara su “amor” incondicional, cuanto más se arrastra y suplica, cuando quiere poseer aunque eso la destruya; menos apetecible es, trampa mortal de la naturaleza. Entonces el escritor, que ya ni la encuentra atractiva, la humilla hasta lo insoportable, para conseguir liberarse de ella, pero la joven ya está sometida a la neurosis que la domina en su obsesión por él, en un odi et amo aturdidor. Así que hunde su cabeza una y otra vez, tratando de vengarse y poseerlo, de llegar al fuego enfermo del centro de la tierra, siempre junto a él, porque aún le parece mucho más terrorífico imaginarse lejos de este.

Por otra parte, esta trasnochada, sadomasoquista y gótica historia es contada desde el punto de vista de Oscar, ya parapléjico, que así ha sido castigado por sus crueldades. Por lo que en todo momento vemos la aventura pasional de abajo hacia arriba, lejos del menos perverso Valle-Inclán, quedamos atrapados en la degradación y la decadencia, pues el filme nos obliga a estar en la silla de ruedas: nada de ser un voyeur desde el cielo. De este modo, la paraplejia se muestra como una metáfora de la pasión efímera y del placer infernal al que puede conducir la parte inferior del cuerpo, cuando no hay razón ni tendencia vital. Asimismo, se manifiesta el enfrentamiento entre inmovilidad corporal y dinamismo, pues asistimos a varios bailes eróticos donde, por otra parte, también hay lugar para la negritud y el lesbianismo. Sin duda, nos contextualizamos de lleno en los años noventa al sonar temas como “Fever”, “Stop” (Sam Brown) o la simbólica “Slave to love”.

De otro lado, cuando Oscar narra: “La eternidad comenzó para mí un día de otoño en París a bordo del bus que hace el recorrido entre Montparnasse y la Porte des Lilas”; no se refiere a la eternidad católica, vínculo por otra parte autobiográfico con Polanski, que nunca recibió educación religiosa (aunque fuese de origen judío y su madre muriese en un campo de concentración por tal causa), sino a una eternidad entendida como suplicio demoniaco, en tanto que se halla doblemente atrapado. Por un lado, en su propio cuerpo, cuya corrupción in crescendo lo encarcela y, por otro lado, desposado con la joven Mimi de mirada fija, la cual lo cuida hasta el fin de sus días, martirizándolo, de modo que la venganza aniquila el erotismo, (¿o no?): Dolor y erotismo, cuestión siempre polémica.

El contrapunto fundamental para que tenga sentido lo espantoso, es presentado por Nigel (excelente Hugh Grant) y su esposa Fiona (Kristin Scott-Thomas), que llevan una relación balsámica, correcta, “higiénica y sana”; pero que se lamentan de vivir sin pasión, motivo por el cual se hallan en un viaje en barco hacia la India, en búsqueda de una terapia conyugal, y espacio en el que coinciden con Oscar y Mimi.

Nigel, por su parte, representa la contención sexual, encendiéndose en él una fuertísima atracción por la voluptuosa Mimi, de modo que a lo largo de todo el filme se siente que algo está por ocurrir. Pero el escritor americano y su esposa le ofrecen este ejemplo de pasión devoradora de todo lo que encuentra a su paso, presentando así la paradoja de la pasión y la moraleja de la preferible tranquilidad.

“Nada podrá nunca superar el encanto de aquel primer amanecer. Yo podría haber sido Adan, con el sabor aún fresco en mi boca de la manzana. Estaba observando a toda la belleza del mundo corporeizada en una mujer, y supe, con cegadora certeza, ¡que esto era todo!” (Oscar)

¿Qué os parece esta película?

Puntuación: 7/10

Cine erótico: Saló o los 120 días de Sodoma




¡Buenos días a todos! Hoy nos acercamos al cine erótico con Saló o los 120 días de Sodoma (Salò o le 120 giornate di Sodoma, Pier Paolo Pasolini, 1975). ¿Os gusta esta película?

Mezcla de Las 120 jornadas de Sodoma, Justine o los infortunios de la virtud y La filosofía en el tocador del Marqués de Sade, pero con una historia original que transcurre en la Italia nazi. Hay una fuerte dosis de violencia, escatología y, por otra parte, destaca la belleza en los y las jóvenes víctimas de los placeres de los poderosos, que cambian las leyes para que se adecuen a sus deseos.

Todos los actos de sodomía tienen como marco los relatos de las madames nacidos para “insuflar la imaginación de voluptuosidad”.

Completa en versión original y subtitulada en español en Youtube: www.youtube.com/watch?v=R7GKRaR390k

Besos de película: El hombre tranquilo




El Hombre Tranquilo (The Quiet Man, John Ford, 1952)

Cuando estaba ante este beso, mi mente no dudó en afirmar que estaba ante un auténtico (y típico, sin connocationes negativas) “Beso de película”. Hay que decir que antes de este beso, en el minuto treinta hay sin duda otra gran beso de película, pero puestos a elegir, me quedo con el segundo beso, porque aquel fue robado, ella no consentía, así que le pegó una de esas buenas que dejan la cara estupenda. Hombre tranquilo, ¡y tanto! El pobre tiene que esperar, y esperar, y esperar… nada más y nada menos que 69 minutos (la película dura 129) para poder darle un beso a la preciosa Mary Kate, esta vez muy de acuerdo. En esta escena, los enamorados despertaron del más que aletargado y antinatura preliminar amoroso impuesto por los ojos sospechosos del pueblo que custodiaba a la pelirroja y también, por la pelirroja. El día está soleado, ella empieza a correr y él corre detrás de ella, signo de que han decidido alejarse por fin de las costumbres populares. De pronto, el cielo se ha oscurecido casi por arte de magia y ellos están contentos, cogidos de la mano, con rostros de enamorados. Sin embargo, ella sigue sin querer beso (sí, claro). El lugar, ni que decir tiene, perfecto para la ocasión romántica: tumbas, arquitectura de cementerio irlandés, muy repentinamente una tempestad, un árbol que se mueve violentamente y, por si fuera poco, ¡empieza a llover! ¿No es perfecto? La pareja no tiene lugar donde guarecerse de la tormenta, y mientras escuchan los truenos, él le pone la chaqueta sobre sus hombros, ella asustada busca refugio en su pecho, lo palpa, sus ojos se encuentran, violines, sus cuerpos se mojan, y claro, se transparenta la piel de Sean Thornton y los tejidos se adhieren a sus figuras, resaltando la hombría innegable de él y la voluptuosidad de ella, que diría Sade. Para ese momento, ya se han dado cuenta de que ahí o se dan el beso de película, o ya no tendrán otra ocasión. Sin duda, un clásico.


Sitio web: Claudia y el cine

Grandes maestros del cine: Ingmar Bergman





Ingmar Bergman (1918 - 2007) es el maestro de los maestros del séptimo arte, el gran cineasta de todos los tiempos. Lo descubrí con 20 años a través de su película Gritos y Susurros y comprendí que ya nunca podría separarme de él. Nunca antes había podido imaginar una belleza tan extraordinariamente poderosa como la que él reúne en sus obras, una sublimidad que me hace sentir acompañada de una forma profunda y placentera a través de sus palabras:“Siento esto cada vez con más fuerza. El deseo de penetrar los secretos que hay detrás de los muros de la realidad […] He rozado esos secretos sin palabras que solo la cinematografía es capaz de sacar a la luz”.

Cómo no adorar su diligencia, su terror por la espontaneidad (“Preparo mis números con extrema minuciosidad, casi con pedantería”), su afán por superar a todos los que se dedican a su profesión, el enamorarse delirantemente de sus actores, su elegancia, la disciplina que se vislumbra en cada detalle o el hablar de su última esposa como el gran amor de su vida. Bergman, herido y astuto, vive en un ininterrumpido sueño, con pensamientos obsesivos, desde el que a veces visita la realidad: “Durante 20 años -afirma el cineasta- he transmitido, incansablemente y con una especie de furia, sueños, vivencias, fantasías, ataques de locura, neurosis, conflictos de fe y puras mentiras.” Para Bergman todo es irreal, fantástico, aterrorizador y ridículo, todo es mentira embarazosa y hazañas secretas. Atraído siempre por lo lúgubre y lo espeluznante, pero incapaz de entender las grandes catástrofes; por lo cegadoramente puro y suprarreal, por los colores nunca realistas, por la abismal serie de personajes misteriosos o por el atractivo de las personas cuando llevan su máscara.

Ingmar Bergman sobreexcitado, arriba a las 4:30 de la mañana, inquieto, de insoportable e ilimitada curiosidad, a punto de llorar. Crea en el mismo centro del cerebro, del alma, del corazón, de los nervios, de los genitales, del estómago y afirma: “En mí la creación artística siempre se ha manifestado como hambre”. Al parecer, un entusiasmo y un deseo desconocido por crear nacía de la desesperación, la extenuación, laxantes y pánico: “Mira qué brazo tan largo tengo y por todos los sitios no hay más que vacío”.

Por otra parte, la relación del director sueco con su infancia es ininterrumpida. Vivió constantemente a lo largo de su vida, tambaleándose por aquellos cuartos lúgubres donde fue educado bajo los conceptos de pecado, castigo y perdón; y a los que respondía ya adulto con un “yo soy mi propio dios”. Se sorprende de que la gente le tome en serio, de que escuchen respetuosamente sus opiniones y se haga lo que él dice, pues no somos más que niños.

Cuando se refiere a sus relaciones humanas, alude a la amarga lucha con sus padres, al hecho de que no podía hablar con su padre, de los muchos hijos que tenía y a los que apenas conocía, a que se aislaba de relaciones con los demás, de que amó a una mujer con la que no podía vivir.

Se sentía no bastante fracasado, sino fracasado de verdad, aunque al mismo tiempo exitoso, capaz, ordenado y disciplinado; con un cumplimiento maniático de las normas como forma de salvación. Esforzándose por ser un extraordinario profesional, será con Persona y Gritos y Susurros donde llegará al límite de sus posibilidades, como él mismo reconoce. Pero esa autodisciplina positiva a veces pasa a autocoacción daniña y llega el Bergman enfermizo, asustado, depresivo, nostálgico, sentimental, con temporadas en el hospital, pero obligando a sus fantasmas y demonios a ser útiles, por lo que fue allí, ingresado, donde escribió algunos de sus guiones, como es el caso de Fresas Salvajes. Y lo vemos decir: “Paciencia, paciencia, paciencia, paciencia, paciencia, nada de pánico, no tengas miedo, no te canses, no pienses inmediatamente que todo es triste.” Y también: “Si no me sintiese tan mal, sería divertido”.

Por lo que respecta a su relación con nosotros, con su público, siempre se ha avergonzado de su necesidad de agradar, lo que manifiesta desde niño al tratar incansablemente de exhibir sus habilidades: “Nunca me parecía que mis prójimos me prestaban suficiente interés”, declara Bergman en su obra Imágenes. Aunque, al mismo tiempo, no ha cesado el ímpetu por hacer lo que realmente le hace ser él mismo, prescindiendo de toda adulación: “Capturo una mota de polvo en el aire, tal vez sea una película ¿Qué importancia tiene eso? Ninguna, pero yo lo encuentro interesante, por tanto afirmo que esto es una película. […] Esto y solo esto es mi verdad. No pido que sea verdad para otra persona.”

En fin, qué se puede decir de Bergman, de la cara de Bergman, de sus ojos.

Citas: Ingmar Bergman, Imágenes, Tusquets Editores, Barcelona, 2007.



Sitio web: Claudia y el cine

El coloquio del Perro y el Cangrejo. Santiago Auserón y Antonio García Villarán. CLUB EXPRESS


el 25 septiembre, 2013 en AlicanteArte y LiteraturaCrónicas
Santiago Auserón y Juan Perro
  • Santiago Auserón y Antonio García Villarán | El coloquio del Perro y el Cangrejo
  • Festival Nosomostanraros IV
  • 21/09/2013 | Alicante
CIPIÓN.- Lo que yo he oído alabar y encarecer es nuestra mucha memoria, el agradecimiento y gran fidelidad nuestra; tanto, que nos suelen pintar por símbolo de la amistad; y así, habrás visto (si has mirado en ello) que en las sepulturas de alabastro, donde suelen estar las figuras de los que allí están enterrados, cuando son marido y mujer, ponen entre los dos, a los pies, una figura de perro, en señal que se guardaron en la vida amistad y fidelidad inviolable.
              (“El coloquio de los perros”, Miguel de Cervantes)

La noche del sábado veintiuno de septiembre en Alicante, Santiago Auserón y Antonio García Villarán laurearon el escenario de Las Cigarreras para ofrecernos el coloquio del Perro y el Cangrejo, el banquete de Platón y el ora la pluma, ora la guitarra. Juan Perro cegó la luz azulada de los focos, con su aspecto esbelto de gran señor del son cubano: el blues brother de la razón o el Corleone del jazz, el Prometeo del anular encadenado, que fue encendiendo pasiones reservoir dog entre la máscara y El ritmo perdido. El vaivén de su hoyuelo de Kirk Douglas narraba la risa a la que le invitaba el Cangrejo Pistolero, quien apareció de entre la negritud con su perfil de adinerado sefardí de la palabra, de hechicero carismático de la tradición poética, conduciendo las nubes al Parnaso de la Caja Negra.

 No hubo paradojas de comediantes. Ambos, sentados en torno a una mesita de bar en el extremo central del escenario, establecieron un diálogo sensual y placentero en el que se dejaban llevar mientras lanzaban poemas y canciones para descubrir verdades y falacias, y los cuales quedaban enmarcados a modo de Decamerón, con anécdotas autobiográficas y ficticias que nos hacían escapar del prosaísmo, como el chiste que Antonio le dedicó a la poesía y que prorrumpió en carcajadas colectivas; en un ambiente de libertad, distendido y cercano, formado por universitarios, amantes del arte, mentes inquietas y viejos amigos de la movida de los ochenta, que han seguido toda la trayectoria de Santiago desde sus andaduras en Radio Futura. Como en todo festín, la sonrisa sostenía el cetro ante el manjar de conceptos y miradas sarcásticas hacia nuestros días; y en el que Auserón se erige como visionario de la contemporaneidad humorística de Alonso Quijano y las comedias de Plauto y Terencio.

Los dos artistas le dieron un empuje dionisiaco a la poesía mientras bebían el néctar homérico: el epicureísmo de la guitarra de sonidos hispánicos y afroamericanos de Juan Perro y el interés de ambos porque la literatura se fusione con la cotidianidad de la gente y las experiencias dans la rue, pervierten el estoicismo de la lírica de institución, a la vez que el pulso calmado de las letras equilibra el desenfreno de la latinidad melódica. Para ellos, la furiosa emoción está en la vida, de modo que la única estrategia para que cada uno de nosotros nos veamos reflejados en el arte y se produzca una catarsis es la presencia de los elementos culturales que verdaderamente forman parte de nuestros días.

Quevedo y Góngora no debían andar muy lejos. El interés por el canallismo y la picaresca afines al Cangrejo Pistolero y a Juan Perro -aunque con claras singularidades propias-, junto a la viva inclinación por las humanidades de ambos, devienen en la escenificación de la palabra con lecturas dramatizadas de fuerte expresividad como forma de comunicarla a un público que quiere divertirse. Al tiempo, la pareja artística se reía del modo en que lo hacen los que son bien amados.

Santiago Auserón y Antonio García Villarán
           Santiago Auserón y Antonio García Villarán

En este recital, la literatura se acerca al concierto musical, siendo lo perfopoético un tipo de vuelta a la rapsodia y a las técnicas nemotécnicas de la oralidad; de modo que hay una búsqueda por la diversificación de las dimensiones de la poesía, presentándose en el púlpito con una combinación de formas declamatorias y persuasivas, por las que se retoman los ademanes de la retórica clásica, pero con enfoques actualizados.

El intelectualismo y la profesionalidad de Santiago Auserón se manifiestan en su selección meticulosa de poemas, que interpretó con una amplia variedad de colores y modulaciones de voz, llegando a alcanzar registros terriblemente graves. Se revela su inquietud por las corrientes literarias con una preocupación por la vida del lenguaje, y que en su anhelo por revitalizarlo, manifiesta su gusto por los términos bellos, los arcaísmos y el rescate de términos que enriquezcan la enunciación. Así, despojándose de sus gafas negras, recitó algunos de sus poemas en los que destaca el refinamiento y barroquismo de su expresión, fruto de su amor por la antigua Grecia y la literatura áurea hispánica, donde intuye una sabiduría perdida.
 Pensador de la negritud en sus canciones, oye los sonidos de la filosofía y nos recuerda cómo de niño soñaba con “mirar de lejos la pobreza”
Entre los poemas que teatralizó, encontramos un manifiesto a la revitalización lírica mediante el “Antipoeta”. También se distinguió su poema a flores del cementerio con el carácter parlante que refiriera Oscar Wilde, que hablan con un coloquialismo colmado de sensibles sutilidades y belleza. Además pronunció unos versos narrativos en los que se deleitaba en los detalles con un léxico delicado, mientras sus manos subían y bajaban en el aire como si tañara un arpa. Por otra parte, y en sincronía con las “Balas perdidas” de Villarán, citó a Homero con algunas líneas líricas del tamaño de haikus. Para presentar algunas de sus canciones, hizo unas descripciones de una perceptibilidad y literariedad extraordinarias. Pensador de la negritud en sus canciones, oye los sonidos de la filosofía y nos recuerda cómo de niño soñaba con “mirar de lejos la pobreza”, con el tono amable de cuento infantil de su tema “El forastero”; mientras observamos el canto del “Mirlo” junto a un “Río negro”.

También quiso imitar los sonidos de la lira en el escenario, para acompañar al polifacético artista Antonio García Villarán, amante de la frescura, de la ironía amable y de la palabra que muerde. Feligrés de las reflexiones que se enmascaran de risas, coronaba su sombrero con una pluma negra, signo de su afán de rebelión y salud poética. Comenzó entonando “Gancho de izquierda” con el puño tensado, mientras destilaba una de sus excepcionales sonrisas. Así, el Cangrejo Pistolero, desde su postura de tronadora elegancia, observa con intensa curiosidad el hampismo impostado de la clase media y la sinergia de las artes para modelar poemas como “Tongo”, donde el romanticismo es resquebrajado tragicómicamente mediante el megáfono, gran símbolo de insurrecciones por antonomasia y elemento de masas, mediante el cual justamente quiere invitar a la reflexión minoritaria, reformulando el qué es poesía del romanticismo tardío de Bécquer.

Santiago Auserón
Santiago Auserón

Además, Antonio García Villarán declamó unos versos cargados de sátira, “Imágenes sexuales de España” -escrito junto a Javier Berger-, con una intención hercúleamente comunicativa, contando asuntos serios que provocan risas fulminantes a cada paso, como fue el caso de las “Balas perdidas”, entre las que Auserón compenetró la guitarra con variedad de ritmos de jazz y blues; o la carga erótica e irrisoria de “Sexo contra una lechuga de 0’99”. En una fiesta tan animalesca, Antonio recitó su poema “Esos malditos escarabajos”, para el que utilizó una grabadora de cintas de cassette, mediante la que recordó el tema de los  Beatles “All you need is love”, que bailó Santiago colmado de carisma. Asimismo, el Cangrejo Pistolero le dedicó unas palabras inéditas, cargadas de admiración y exaltación lírica en las que hablaba de Juan Perro.
 
Al final de la noche, los cuervos de Poe sobrevolaron la habitación de tabaco, ya que estas dos deidades de la animalidad revivieron el rubor de Annabel Lee de Radio Futura, entonándolo a coro y tras las ovaciones de los espectadores que al unísono reproducían un compás primitivo que reclamaba su vuelta al escenario, debido al eminente enamoramiento colectivo que tuvo lugar esa noche en el Festival Nosomostanraros IV de Alicante. Ojalá todo aquello suceda, por lo menos, en mil y un días más.
Texto: Claudia Ruiz Cívico
Fotos: Isa Mezquita
Fuente: EL CLUB EXPRESS